¿Dónde está el efecto par? | Columna en El Sur

Foto que muestra las piernas de jóvenes que están sentado en un muro en la columna de opinión ¿Dónde está el efecto par? de IdeaPaís.

Fotografía: rawpixel.com / Freepik

Han transcurrido más de 10 años del término de la selección, el lucro y el copago en las escuelas. Las generaciones que egresan de la mayoría de los establecimientos no fueron admitidas con mecanismos de selección por mérito, sino bajo el Sistema de Admisión Escolar. En esta realidad, no encontramos rastro alguno de los beneficios del “efecto par” instalado por la Ley de Inclusión.

Lo anterior es particularmente grave: toda la reforma se sustentó en que producir salas más heterogéneas y distribuir el “talento” entre distintos establecimientos, produciría un efecto positivo en aquellos estudiantes con menor desempeño académico. La teoría era un win-win: disminuimos la segregación y mejoramos los aprendizajes.

El desenlace lo conocemos bien: no ocurrió lo uno ni lo otro. La retroexcavadora legislativa de 2015 no tuvo reparos en avanzar, a pesar de las advertencias de expertos. Nunca hubo evidencia sustantiva sobre el efecto par, o al menos no de la manera en la que la izquierda chilena lo diseñó.

La principal objeción dice relación con que el efecto par puede ser también en sentido inverso: así como un grupo de estudiantes con buen rendimiento académico puede influenciar buenos resultados en los otros, un grupo de estudiantes con menor rendimiento puede hacerlo de manera negativa. La literatura muestra que la proporción de ambos grupos es la que hace la diferencia: si realmente se quiere favorecer a un grupo vulnerable, éstos deben ser minoría. El algoritmo aleatorio del SAE no cautela lo anterior: simplemente asigna sin considerar ningún criterio académico.

Las brechas se han mantenido prácticamente intactas en todas las mediciones escolares. Y como si fuera poco, no solo no se cumplió el objetivo deseado, sino que de paso se produjo un enorme daño a los colegios emblemáticos que le competían de igual a igual a los establecimientos privados. Esa fuente de producción de élites que se constituía como orgullo de la educación pública se diluye cada año, frente a la desidia de quienes provocaron su colapso y hasta hoy no asumen ninguna responsabilidad.

La segregación educativa, por su lado, mostró ser una consecuencia de la segregación urbana-económica más que una producida por la selección y el financiamiento compartido. Las salas más diversas no son necesariamente la panacea donde fluye la cohesión social y la interacción virtuosa entre estudiantes con distintos ritmos de aprendizaje. También supone limitaciones y desafíos importantes para la acción pedagógica. Incluso, la falta de personalización termina perjudicando el aprendizaje de los estudiantes que precisamente se pretende potenciar.

Este experimento nos costó caro. Ahora, es un imperativo instalar una política educativa que ponga en el centro la evidencia, reivindique la libertad de enseñanza y garantice el derecho a la educación. Hoy corren vientos a favor de corregir el rumbo que nos trazaron hace diez años. El nuevo gobierno tiene la labor de proponer una hoja de ruta que saque, en el mediano y largo plazo, a la educación pública de los últimos lugares del ranking. Es, ante todo, un ejercicio de justicia y dignidad.