El empobrecimiento de la esfera pública | Columna en El Sur
Pasión, convicción y fuerza no son sinónimos de estridencia o vacío intelectual. El espectáculo mediático habitualmente es necesario allí donde las ideas escasean.

Fotografía: minrel.gob.cl
Si quien lee estas líneas ha puesto la mirada un par de veces en las sesiones del Congreso, podrá haber notado que en las intervenciones del hemiciclo poco se discute sobre las grandes ideas que mueven el mundo. O al menos -para ser justos con nuestros honorables- no con el ímpetu y nivel de estructuración lógica de antaño, donde el legislador gozaba no sólo de una formación humanista de alto nivel, sino también de un prestigio social que hoy no existe.
Por el contrario, hoy abunda la performance disfrazada de “arte”; la palabra mordaz e inmisericorde con el adversario; el discurso polarizante y monocromático, que no admite matices ni concesiones. Como si la política se tratara de interpretar la peor versión del oponente. Hoy se nos dificulta disentir sin acusar malas intenciones.
Es cierto que en nuestra historia han existido tensiones políticas que alcanzaron puntos muy álgidos. Pero al menos allí se alojaba un modo particular de comprender la vida social y no se miraba al otro con sospecha permanente. La disputa giraba en torno a ideas y no en torno a quienes las encarnaban.
No se trata de quitarle la vehemencia y el entusiasmo a la cuestión política. Ella es siempre razón de altas pasiones, ya que en su seno se juegan los grandes valores comunes sobre los cuales fundamentamos nuestra convivencia democrática.
Pero pasión, convicción y fuerza no son sinónimos de estridencia o vacío intelectual. El espectáculo mediático habitualmente es necesario allí donde las ideas escasean.
No se trata tampoco de partidos en particular. Todos se ven afectados, en mayor o menor medida, por el vaciamiento de ideas, aun cuando en el pasado tuvieron a grandes exponentes cuyos discursos en el hemiciclo siguen resonando. En 1948, solo por nombrar un ejemplo, el entonces diputado de la Falange Nacional, Radomiro Tomic, y el senador conservador Eduardo Cruz-Coke, pronunciaron su rechazo a la Ley de Defensa Permanente de la Democracia. Desde partidos distintos, articularon sus discursos no sólo en torno a los problemas técnicos de la ley en cuestión, sino también identificaron, con un notable talento y claridad intelectual, los principios y valores que subyacían a la discusión legislativa: la concepción filosófica del hombre, de la vida, de la sociedad civil y del Estado; el lugar del materialismo marxista en el mundo y el de la espiritualidad y el pluralismo en una sociedad libre y democrática.
¿Qué nos ha pasado en estas décadas en las que el debate político ha alcanzado tal nivel de empobrecimiento? No podría atribuirse sus efectos únicamente a las modificaciones del sistema político. Aunque es verdad que adolece de defectos, las reglas institucionales no explican todo el comportamiento humano. Tampoco tiene su causa en la democratización de la discusión política, como sostendrían aquellos que ven con nostalgia los tiempos donde solo la oligarquía podía acceder a las altas esferas de la política.
Por contraste, resulta más plausible que el avance de los patrones propios de la digitalización, la falta de valores comunes compartidos y la degradación del lenguaje -influido por la crisis de la educación moderna- expliquen en gran medida el deterioro que atraviesa nuestro debate público, cada vez más empobrecido.



