La distancia entre lo prometido y lo cumplido | Columna en La Tribuna
Cuando termina un ciclo político, llega también el momento inevitable de contrastar las narrativas con los datos. No basta con recordar las promesas de campaña ni con evaluar las dificultades del periodo: la pregunta de fondo es si aquello que se prometió transformar efectivamente cambió.
Desde IdeaPaís presentamos recientemente el reporte final del seguimiento gubernamental 2022-2026. Más allá de la cifra general de cumplimiento de las promesas de campaña de Apruebo Dignidad, el análisis revela algo más profundo: una brecha significativa entre las promesas estructurales que definían el proyecto político del gobierno y los resultados efectivamente alcanzados.
El informe muestra que el cumplimiento general del programa llegó a un 41,7%. Sin embargo, cuando se observan las llamadas reformas estructurales (aquellas que constituían el núcleo del proyecto transformador), el resultado es bastante más bajo: apenas un 27%, mientras que un 42% de esos compromisos terminó el periodo sin registrar progreso alguno.
Este contraste no es un dato menor. Durante la campaña presidencial de 2021 y en los primeros meses de gobierno, el énfasis estuvo puesto precisamente en impulsar transformaciones profundas en áreas como seguridad, pensiones, salud, educación o el modelo de desarrollo. Es decir, en cambios que no solo administraran la realidad existente, sino que redefinieran sus bases. Sin embargo, el balance final muestra una tendencia distinta: mayor avance en compromisos de carácter transversal y menor cumplimiento en aquellas reformas que sostenían la identidad política del proyecto. Lo paradójico es que pasamos de vocerías que prometían “refundarlo todo”, a congraciarse por haberlo “normalizado todo”.
El problema de este desfase no es solo programático, sino institucional. Cuando un proyecto político llega al poder afirmando que viene a cambiar las reglas del juego y finalmente no logra concretar esas transformaciones, el efecto inevitable es el desgaste de la confianza pública.
El aprendizaje que deja este ciclo político debería ser relevante para lo que viene. Chile no necesita menos ambición en su discusión pública, pero sí requiere mayor responsabilidad al momento de comprometer transformaciones profundas. Las reformas estructurales no pueden convertirse en un recurso retórico para diferenciar proyectos políticos si no existe una hoja de ruta clara para implementarlas.
Cerrar esa brecha será uno de los principales desafíos para los próximos años. Porque la ciudadanía no solo espera propuestas ambiciosas, sino gobiernos capaces de materializarlas en cambios concretos.
Macarena Brito, directora regional de IdeaPaís Biobío.