La familia es el tabú | Columna en La Segunda

Un tabú es un asunto del que no se habla por generar incomodidad moral o social. A lo largo de la historia, lo han sido el incesto, la homosexualidad, el pudor corporal, así como hablar de dinero o cometer actos de traición. Algunos de esos tabús se han ido superando, mientras otros nuevos han surgido al alero del progresismo moral. La familia “tradicional” parece haberse convertido en uno de ellos. Sostener que, en promedio, un niño está mejor con un padre y una madre resulta hoy descabellado y hasta censurable. Para las corrientes post-marxistas es un sueño hecho realidad: la familia es la principal fuente de desigualdad. Para sectores progresistas menos radicales, una consecuencia de la autonomía individual; para los liberales tolerantes, un signo de empatía. Sin embargo, este nuevo tabú comienza a tener consecuencias sociales inquietantes.

Al dramático hecho de que cada mes nazcan menos niños de los que tribunales derivan al sistema de protección, se suman al menos 407 recién nacidos abandonados en hospitales entre 2018 y 2024; y un aumento de 73% en dos años en denuncias por explotación sexual de niños y adolescentes, con especial impacto en mujeres entre 14 y 17 años. No contamos con cifras sistemáticas sobre criminalidad infantil, pero diariamente escuchamos casos de menores involucrados en delitos o captados por el narcotráfico. Para quienes creen que la escuela es la gran solución, la realidad tampoco es auspiciosa: la violencia y mala convivencia se han instalado en muchos establecimientos. Y aunque quisiéramos que el sistema educativo resolviera todos los problemas sociales, lo cierto es que no dispone de las herramientas para hacerlo.

Frente a este panorama, las soluciones suelen concentrarse en declarar un derecho al cuidado garantizado por el Estado, denunciar la discriminación contra las mujeres, o impulsar programas deportivos para hacer el colegio más atractivo y compensar el deterioro de la salud mental. Por cierto, todas iniciativas loables, pero insuficientes porque llegan tarde. Hay un ámbito preventivo que rara vez se aborda por la incomodidad que genera reconocer que, en general, los niños se desarrollan mejor en familias donde ambos progenitores se proyectan a largo plazo y asumen la crianza y educación de los hijos como un objetivo central.

En el libro “The Two-Parent Privilege”, la economista Melissa Kearney muestra que en EE.UU el aumento de niños criados fuera de hogares con dos padres casados se ha convertido en una fuente subestimada de desigualdad. Los hogares con dos adultos estables suelen concentrar más tiempo, ingresos y herramientas de crianza –acompañamiento, estabilidad y supervisión–, lo que se traduce en mejores resultados promedio para los hijos. Kearney observa, además, que el declive del matrimonio se ha concentrado especialmente entre los sectores más vulnerables, dificultando la crianza y ampliando brechas de bienestar infantil y movilidad social. Por eso propone “des-tabuizar” los beneficios de la estabilidad familiar e incorporar en las políticas públicas normas e incentivos que la favorezcan, sin desconocer las múltiples causas culturales y económicas que explican estos cambios.

¿Significa esto abandonar a aquellos que provienen de entornos monoparentales o que están bajo el cuidado de otra persona? Por supuesto que no. Significa, más bien, atrevernos a diseñar políticas públicas orientadas prioritariamente al bienestar de los niños, aunque ello incomode a los adultos.

Francisca Figueroa, coordinadora legislativa y de contenidos en IdeaPaís