La premisa equivocada del progresismo | Columna en La Segunda

Siendo el Frente Amplio una coalición joven, las probabilidades de errar no eran bajas. Más aún cuando uno de sus principales atributos es crear consignas atractivas y marketeras, sin importar si ellas tienen un proyecto aparejado, y menos aún si son o no viables en la práctica. La realidad ha sido un problema permanente para ellos. El mismo Presidente Boric lo reconoció en una entrevista en El País: «las frases tan categóricas e hiperbólicas no se llevan tan bien con la realidad».

Hay una idea sobre la que descansa buena parte de su proyecto —y el progresismo en general— que hace más entendible genialidades como la superioridad moral, la teoría del reemplazo, lo de los círculos concéntricos. Es la convicción de que el progreso solo puede entenderse de una manera: progresista culturalmente y determinada de antemano históricamente. Así, el progreso aparece como una bola de nieve imparable, que avanza linealmente desde y hacia la idea de liberación de la propia naturaleza, de lo heredado y de lo impuesto del pasado.

Lo que subyace tras de esta mirada es similar a la posición de quienes defienden la tecnocracia como forma de organizar la sociedad. La técnica sería objetiva, los datos «están ahí», y bastaría con seguir lo que ellos dicen. Una tentación comprensible, dado el descrédito de una democracia representativa torpe, lenta y grasienta. Pero ambas visiones tienen importantes dificultades.

Una de las más evidentes es su carácter determinista, que sostiene que la historia y los debates morales ya están zanjados, y por eso solo correspondería administrar decisiones que nos lleven a esos fines. Esto es incompatible con la deliberación política. ¿Qué sentido tiene discutir proyectos de ley, si ya sabemos cuáles son los fines sociales? ¿Para qué perder el tiempo admitiendo partidos u opiniones que se descarrilan de la verdad? ¿Es honesto sostener que dilemas morales como la eutanasia, el aborto, la eugenesia o la modificación genética de las personas no admiten más límites que los que la ciencia nos permite, y al mismo tiempo, alentar la discusión y la diversidad sobre ello?

Si la verdad fuera «progresista» ex ante, es entendible que se hable de «retrocesos civilizatorios» frente a gobiernos de corte conservador. Pero, guste o no, la historia no está escrita. No hay técnica neutral ni progreso ilimitado. No hay evidencia empírica insuperable ni debate moral definitivamente resuelto. Tal vez no haya nada más humano que aceptar con humildad los límites que la realidad nos impone, para así entender que la herencia, la memoria y lo recibido no están llamados necesariamente a ser superados, sino que son cruciales para conocernos mejor.

La historia y su contenido dependerán de discusiones siempre abiertas, y serán las futuras generaciones las que seguirán respondiendo libremente a la pregunta fundamental de cómo debemos vivir.

Cristián Stewart, director ejecutivo en IdeaPaís.